Abombado desperté, y observé el reloj de caoba colgado
en la sala de estar que sonó indicando la medianoche en aquellos viejos números
romanos.
Fue en aquel instante donde mi garganta comenzó a sentir
esa extraña sed. Mis pupilas se dilataron suavemente, mientras mi olfato
percibió hasta la más mínima partícula de olor, mis oídos se agudizaron hasta
el extremo de escuchar aquellas voces extrañas, las mismas que me condujeron
hacia aquel callejón oscuro y frió. Donde de pronto una figura apareció y todo se
volvió paranoia, colmillos, veneno, piel, éxtasis y sangre.
El depredador alerta rugió dentro de mí, era imposible
de dominar, solo podía sentir ese instinto animal que pedía a gritos salir,
hasta que la vi. Era la flor más hermosa de aquella ciudad en medio de tanta
oscuridad.
Por un instante sentí vencer al animal que llevaba dentro,
pero fue solo eso, un instante. Bajé corriendo por las calles de adoquines,
tomé su cuello entre mis manos, y rocé al fin sus labios. Observé su cara invadida por el miedo, mientras una guerra surgía dentro de mí.
Sabía que tenía que ser fuerte, debía detenerme, no quería dañarla, porque al
fin y al cabo fue el calor de su cuerpo el que me mantuvo racional por años en
este temible tártaro. Al abrazarla, una lágrima corrió lentamente por mi rostro
y mi boca emitió aquel oxidado “perdón”. Lo que olfateé en aquel instante ni el
amor lo pudo contener. Un frenesí recorrió mi cuerpo, y mis dientes blancos
surgieron clavándose como puñales sobre su cuello, y deseando tenerla por
siempre conmigo metí el veneno en sus venas, para así hacerla mía al más dulce
placer.
Ahora el reloj marca la medianoche y la sed no es solo
mía…
